domingo, 9 de junio de 2013

Marsella (así, a secas) Fotos: Ana Serrano.

Los franceses tienen a Marsella como si fuera la joya del Mediterráneo y los propios marselleses tienen a su puerto como si fuera el más lujoso del susodicho mar,  pero sólo tenemos que subir un poco más arriba y pararnos en Saint Tropez o en Cannes, donde el barco más cutre que atraca allí es como el de los Borbones. Háganse una idea del resto. Quizá los magnates del Medio Oriente prefieran ir a Marsella con sus palacios flotantes antes que a los otros dos puntos, porque se sienten como en casa, ya que el censo de árabes allí es más alto que en Argelia y Marruecos juntos.



     De lo que sí pueden presumir, es de que es la ciudad más antigua de Francia, ya que la fundaron unos marinos griegos en el año 600 antes de Cristo. También pueden presumir de tener una fachada marítima de casi 60 kilómetros  y de que es Capital Europea de la Cultura este año (2013). También es la segunda ciudad más poblada de Francia (la primera es París)

     Marsella tiene el Viejo Puerto, donde cada sábado los puestos de los pescadores se alternan con los artesanos del famoso jabón y se mezclan incongruentemente el olor a limpieza y el olor a pescado, con la diferencia de que por mucho que nos alejemos del puerto, sólo desaparece el olor a jabón. El otro está presente en cada rincón de la ciudad.



     Cuando salgan del aeropuerto, tienen tres opciones: el taxi de toda la vida, desplazarse en tren hasta la ciudad, o abrirse paso a codazos en la parada del también tradicional bus que sale cada media hora. ¿Por qué elegir el autobús? Porque los taxistas franceses se inventan la tarifa. El billete de tren lo despacha una máquina que sólo le cobra con tarjeta de crédito y no hay opción a pagar en metálico. Si hay algún problema y la máquina se traga la tarjeta,  allí no hay nadie a quien reclamar, así que mejor ir a la tradicional taquilla a comprar el billete y a tener suerte, porque la gente allí, lo de la cola sólo lo asocia al pescado. Literalmente se amontonan en la parada y el chófer del autobús en lugar de poner orden, se limita a abrir los maleteros para que la gente meta el equipaje.

     La Basílica de Notre Dame de la Garde vigila toda la panorámica de Marsella. Pueden subir en la línea del urbano nº 65 desde el Viejo Puerto, que les lleva directo. 



También pueden hacer una excursión en barco para ver “Les Calanques”, les aconsejamos el barco grande, aunque la excursión sea más larga y no les apetezca estar tanto tiempo viendo acantilados, les aseguramos que con lo agitado que está el mar en esa ruta, dos horas en el barco pequeño se hacen más largas que cuatro horas en el grande. Ustedes deciden, ustedes disfrutan.



     La sucesión de restaurantes a la orilla del puerto es infinita, el trato de los camareros es amable a la par que sarcástico y de cualquiera de sus cocinas sale siempre un buen pescado que satisface a la vista y al paladar.                                                             
Disfruten del paisaje y de la gastronomía. Otras ciudades europeas ofrecen la misma cantidad de ambas cosas, en este caso, disfrutarán más de la gastronomía. 


Buen viaje.



Ana Serrano.