Los franceses
tienen a Marsella como si fuera la joya del Mediterráneo y los propios
marselleses tienen a su puerto como si fuera el más lujoso del susodicho
mar, pero sólo tenemos que subir un poco
más arriba y pararnos en Saint Tropez o en Cannes, donde el barco más cutre que
atraca allí es como el de los Borbones. Háganse una idea del resto. Quizá los
magnates del Medio Oriente prefieran ir a Marsella con sus palacios flotantes
antes que a los otros dos puntos, porque se sienten como en casa, ya que el
censo de árabes allí es más alto que en Argelia y Marruecos juntos.
De lo que sí pueden presumir, es de que es la
ciudad más antigua de Francia, ya que la fundaron unos marinos griegos en el
año 600 antes de Cristo. También pueden presumir de tener una fachada marítima
de casi 60 kilómetros y de que es
Capital Europea de la Cultura este año (2013). También es la segunda ciudad más
poblada de Francia (la primera es París)
Marsella tiene el
Viejo Puerto, donde cada sábado los puestos de los pescadores se alternan con
los artesanos del famoso jabón y se mezclan incongruentemente el olor a
limpieza y el olor a pescado, con la diferencia de que por mucho que nos
alejemos del puerto, sólo desaparece el olor a jabón. El otro está presente en
cada rincón de la ciudad.
Cuando salgan del
aeropuerto, tienen tres opciones: el taxi de toda la vida, desplazarse en tren
hasta la ciudad, o abrirse paso a codazos en la parada del también tradicional
bus que sale cada media hora. ¿Por qué elegir el autobús? Porque los taxistas
franceses se inventan la tarifa. El billete de tren lo despacha una máquina que
sólo le cobra con tarjeta de crédito y no hay opción a pagar en metálico. Si
hay algún problema y la máquina se traga la tarjeta, allí no hay nadie a quien reclamar, así que
mejor ir a la tradicional taquilla a comprar el billete y a tener suerte, porque
la gente allí, lo de la cola sólo lo asocia al pescado. Literalmente se
amontonan en la parada y el chófer del autobús en lugar de poner orden, se
limita a abrir los maleteros para que la gente meta el equipaje.
La Basílica de
Notre Dame de la Garde vigila toda la panorámica de Marsella. Pueden subir en
la línea del urbano nº 65 desde el Viejo Puerto, que les lleva directo.
También pueden
hacer una excursión en barco para ver “Les Calanques”, les aconsejamos el barco
grande, aunque la excursión sea más larga y no les apetezca estar tanto tiempo
viendo acantilados, les aseguramos que con lo agitado que está el mar en esa
ruta, dos horas en el barco pequeño se hacen más largas que cuatro horas en el
grande. Ustedes deciden, ustedes disfrutan.
La sucesión de
restaurantes a la orilla del puerto es infinita, el trato de los camareros es
amable a la par que sarcástico y de cualquiera de sus cocinas sale siempre un
buen pescado que satisface a la vista y al paladar.
Disfruten del
paisaje y de la gastronomía. Otras ciudades europeas ofrecen la misma cantidad
de ambas cosas, en este caso, disfrutarán más de la gastronomía.
Buen viaje.
Ana Serrano.
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